lunes, marzo 23, 2026

LA CASA MUTANTE - Una ficción del género fantástico, anclada a la arquitectura Moderna y la genealogía familiar - Edmundo Rodríguez Prati

Había sido construída en el inicio de la década del 30, época fundacional del racionalismo arquitectónico, al que algunos llaman funcionalismo. Para ser claros, en aquellas tendencias impulsadas por Le Corbusier en el movimiento difundido en L'Esprit Nouveau, por el Bauhaus luego de sus inicios expresionistas, por la Neue Sachlichkeit germana y holandesa, y por muchos arquitectos independientes europeos y de EEUU, que recogían de algún modo las enseñanzas de Adolf Loos, Louis Sullivan, el Purismo, el Neoplasticismo... En el Río de la Plata los ejemplos más precoces eran de importación, y se dieron bastante antes que en otras naciones de latinoamérica, dada la escasa existencia de un peso colonial ibérico tan fuerte como en aquellos... Incluso la fuerte presencia de un origen europeo cosmopolita no ibérico en el S.XIX, con inmigrantes de Italia, Francia, Inglaterra y Alemania fundamentalmente, que superó la masa demográfica de origen colonial mestizo rápidamente, en Uruguay, y en las provincias argentinas de la cuenca del Plata, Buenos Aires, Santa Fé y Entre Ríos fundamentalmente, potenció el carácter europeizante de la región. Ya a fines de los ´20 comenzaban a surgir los primeros ejemplos, como el chalet “Las Nubes” en la rica y tranquila ciudad provinciana del Salto Oriental, iniciada en 1929 por Enrique Amorim, su propietario e ideólogo, escritor y guionista uruguayo nativo de la misma, luego de un viaje por Europa, como la casa de Victoria Ocampo, escritora argentina, gestora de la influyente revista literaria “Sur”, sobre ideas de Le Corbusier adaptadas por un arquitecto porteño prestigioso y conservador, reacio a las mismas, y otras, como la del hoy ignoto Dr. Rodrigo Rodríguez Fosalba, en La Lucila, paisano y amigo del primero, residente en Buenos Aires, según planos diseñados en Europa. En estos casos, tres figuras de lo que podría denominarse clase alta, vinculada a la tenencia de la tierra, ya por herencia o por matrimonio, y a la figuración social. La Lucila había nacido en torno a la finca de igual nombre, propiedad del Cnel. Alfredo de Urquiza, nieto del célebre Presidente, denominada así por su cónyuge, de la poderosa familia de los Anchorena, ricos como un nabab se decía entonces. Uno de sus primos era el célebre Aarón de Anchorena, además de hacendado, explorador de la Patagonia y pionero del automovilismo y de la aviación. Eran tierras sobre el Plata, entre Olivos y San Isidro, parte de Vicente López. En otro solar de la urbanización, realizó su casa vanguardista, poco después que el salteño antes mentado, entre mansiones de estilo historicista, un austríaco de origen judeo italiano, el Sr. Gaudenz Alpruni, vinculado a la banca internacional, que había llegado al Plata representando firmas financieras y se había enamorado del lugar. Junto a su esposa, Carlotta von Bellat, dama de la pequeña nobleza trentina del viejo Imperio austro-húngaro, escogieron cuidadosamente el solar acorde a sus pretensiones. Resultó ser una esquina de importantes dimensiones, cercana a la mansión que diera nombre al barrio, flanqueada por un lado por un espléndido chalet normando, y por otro por una mansión clásica de estilo francés, estilos ambos de plena vigencia entonces. Como conocían de Viena al Arq. Oswald Haerdtl, profesor de Arquitectura y asistente del estudio del célebre Josef Hoffman, y Carlotta era amiga de su esposa, una diseñadora de origen sudtirolés como ella, Carmela Prati de Vittorelli, no dudaron en encargarles el proyecto de su casa y el diseño de sus interiores. La construcción culminó en 1937, mismo año en que el arquitecto diseñara el Pabellón de Austria en la Exposición Universal de París, lo que el Sr. Caspar no perdía oportunidad en mencionar en todos su ámbitos de actuación social, ya que otorgaba un lustre particular a su residencia, si bien no era muy bien vista por el gusto de los de su medio, que prefería esos idílicos palacetes de estilo, a contratiempo de los tiempos que corrían. La casa era extremadamente austera en sus exteriores, siguiendo los dictados preconizados tiempo ha por el también austríaco Adolf Loos y luego en las obras del célebre Charles Eduard Jeanneret, universalmente conocido por su apodo de Le Corbusier. El propio Haerdtl había ensayado ese lenguaje en una casa doble en la Werkbundsiedlung de Viena, las casas 39 y 40 frentistas a la Veitingergasse, finalizadas en 1933, de la que les había enseñado fotografías en su estudio en Viena en el año 35, aludiendo que estaban bastante lejos del centro, temeroso de llevarlos al conjunto de muchas obras contemporáneas, mayormente de carácter económico. El proyecto estaba resuelto por dos grandes volumenes que formaban una L, con su lado menor de una sola planta, que albergaba un gran salón, el escritorio, el comedor y un estar, y el lado mayor de dos plantas que contenía la caja de la escalera principal articulando ambos volumenes, la antecocina, la cocina, el lavadero, las cocheras, la sala de la calefacción, las habitaciones de servicio, y una pequeña escalera de servicio, y cuatro generosos dormitorios con cuartos de vestir y baños en planta alta. Estaban conectados por un pasillo con ventanales al bello jardín interior y la piscina con su estar abierto anexo. Los pisos eran de roble de eslovenia en los salones y de mármol en damero en las zonas de servicio. Parte de las paredes del salón estaban revestidos de finos mármoles veteados. El mobiliario era moderno en general, a excepción de algunos muebles austríacos de familia de los S.XVIII y XIX, que con sus finas maderas y detalles otorgaban especial refinamiento al ambiente. Una pared del salón estaba cubierta de retratos familiares, en particular de la familia von Bellat-Bergamasch, de antigua nobleza no titulada del Imperio austríaco en el Tirol italiano. También algunos importantes cuadros de pintores austríacos del s. XIX, como escenas de Viena, Venecia y otras ciudades de Italia por Rudolf Alt, y bucólicas escenas de Alois Arnegger, entre otros. Casi no estaban representadas las vanguardias, a menos que incluyamos como tales a los Nabis e ismos de inicios del XX, cosa que erróneamente hacen algunos autores. Así se veían en el estar alguna exquisita escena doméstica de Bonnard, unas barcas de André Derain y esbozos coloreados de Félix Vallotton. Por supuesto había muchos bronces de carácter clásico y romántico. Sin dudas el matrimonio tenía un gusto educado para el arte pero su modernidad no llegaba en su apreciación de la plástica a lo que lo hacía en la de la arquitectura, lo que no sucedía normalmente en las clases altas de la época. Eran raras las personas que pasaban más allá que por la apreciación de los impresionistas y los simbolistas, lo que también había llevado tiempo en su momento. En una Buenos Aires que adoraba al simbolista español Romero de Torres y al naturalista Zuloaga, como a los connacionales realistas Sívori y Bernaldo de Quirós, en especial en el género gauchesco, que tanto disfrutaban los poderosos terratenientes, y al posimpresionista Pío Collivadino, grandes artistas sin duda, pero ninguno vanguardista. A diferencia de Amorim y de Victoria Ocampo, intelectuales, amigos personales de muchos artistas de su tiempo, la alta burguesía comercial y el patriciado político y terrateniente no eran afines a tanta modernidad... La casa, ocupada por el Sr. Gaudenz y su esposa, junto a sus hijos, y nombrada como “Villa Santa María de los Angeles”, por la advocación de la iglesia de los Capuchinos en Viena, fue disfrutada por muchos años, ámbito de una intensa vida social, hasta su retorno a Austria ya finalizada la 2da. Guerra, donde debían ocuparse del futuro de muchos bienes personales, en riesgo con la llegada de la influencia soviética. Fue puesta en venta a un precio razonable, pero no fue fácil venderla ya que no era del gusto de la potencial clientela para una propiedad de ese valor, como ya hemos dicho. Hasta que un industrial, amante de la arquitectura y el arte moderno, se interesó en la misma y se convirtió en su propietario. La casa alcanzó entonces todo su potencial, equipada con mobiliario de Breuer, Eames, Mies van der Rohe, y obras de arte vanguardista, fundamentalmente de artistas europeos ya que el arte moderno en el Río de la Plata estaba aún en incipiente desarrollo en la década del 40. El industrial, sin llegar a poder considerarse un coleccionista, había adquirido, con buen ojo, obras de Matisse, Gris, Modigliani, y otros, e incluso de la plena abstracción del grupo francés del ´43, como Manessier, Singier y Le Moal. Conocí todos estos detalles luego de lo sucedido en torno a esa casa, lo que me motivó a investigar profundamente en todos los aspectos de su origen y devenir. Mi contacto directo con la misma comenzó en esos tiempos, cuando comencé a visitarla como amigo y compañero de estudios de uno de sus hijos. Cuando me sentaba frente a alguno de esos magníficos cuadros de Manessier me preguntaba por qué denominarlos como no figurativos, si allí había más figuraciones que en cualquier obra realista, como las podemos percibir en las manchas de humedad, las nubes, o las sombras de un árbol, aunque aquí fueran en extremo policromáticas. En realidad poco importaba, ya que disfrutaba intensamente de esa experiencia de contemplación de tantas maravillosas obras, inusuales en el Buenos Aires de entonces. Todo en esa ciudad me fascinaba, mucho más cosmopolita que mi querida Montevideo, donde había veraneado toda mi vida, huyendo del tórrido norte, y vivido algun año a inicios de mi carrera de arquitectura. Me había trasladado a Bs. As., luego de finalizado totalmente el 1r. año, para continuar los mismos allí, ya que ansiaba un cambio de ambiente y tenía familiares allí, debido al fuerte vínculo, de los inicios del siglo, entre las ciudades del litoral uruguayo y la Reina del Plata. La misma entonces era más accesible que Montevideo, gracias a la navegación fluvial. Mi familia, apellidada Engelbrecht, era sanducera, de origen danés, descendiente de un rico ciudadano que oficiaba de cónsul en tiempos de aquel épico Paysandú del sitio de 1864. Mi abuelo Francisco se había dedicado al diseño y construcción de edificios, trabajando en sus inicios con el célebre Francisco Poncini, y continuando por su cuenta. Había realizado bellos edificios de estilo clásico italianizante, para instituciones y fincas particulares. Además actuaba como distribuidor del diario La Nación de Bs. As. para la ciudad, donde se vendía en gran número, tan ligados estábamos a la capital del país vecino. La casa familiar estaba en la calle Florida, en el centro, y aún sigue en pie, funcionando como escuela pública. Ya mi padre, también arquitecto, había edificado nuestra casa en una ancha avenida cerca del río, poco después de mi nacimiento en 1927. Era una especie de chalet italianizante, con un aire de las villas de Portofino aunque lejos de las dimensiones de aquellas. Esa arquitectura de la que hablábamos al inicio aún no había llegado al Uruguay, apenas algún ejemplo de Art Decó, como una novedad decorativa pero aplicada a tipologías convencionales. Un hermano de mi padre se había trasladado a Bernal, Quilmes, en el conurbano de Buenos Aires, así que yo comencé a concurrir a esa localidad desde pequeño. Entonces era una ciudad tranquila y somnolienta, con un aspecto que me recordaba los suburbios de mi ciudad natal, de casas quinta y calles arboladas con faroles colgantes en columnas, cuidados jardines en el frente, y el silencio de las tardes roto por el silbato del tren o el ladrido lejano de algún perro. También mi familia materna, Prati, del Salto oriental, tenía vínculos en Buenos Aires, ya que una de mis tías era casada con un hermano menor del mentado Dr. Rodríguez Fosalba y tenía también otra cuñada en Bs. As., casada con un Bruzone, marino de la Cía. Mihanovich en las líneas fluviales del Uruguay, de los Bruzone fundadores de la Sociedad Rural pero sin fortuna. Yo no residía en Bernal, luego de mi traslado a la misma, sino en una pensión en pleno centro, en Montserrat mucho más acorde a mis necesidades en cuanto a la cercanía con la facultad, en la Manzana de las Luces. La misma había comenzado a funcionar como facultad independiente, el año anterior a mi llegada, en 1948. Entonces, comencé a frecuentar la casa en La Lucila en ese 1949, cuando comenzamos a estudiar con Franco Ravelli, hijo del Ingeniero de igual nombre, rico industrial propietario de una fábrica de laminado de acero. Además de la empatía entre quienes se hacen amigos, al conocer a su padre supe que también eran de familia trentina como mi madre, lo que motivó inmediatas simpatías hacia mi persona. Las mismas se incrementaron al conocer de la existencia de muchos artistas en la familia, tanto en Uruguay como en Trento. Luego de esta disgreción, casi inevitable para explicar el porqué de mi residencia en Buenos Aires y mi interés en la arquitectura moderna, sigamos con el devenir de la casa. En la facultad, en el taller, nos propusieron un ejercicio proyectual que consistía en tomar una obra existente y proponer reformas parciales a la misma. Con Franco no lo dudamos y conformamos un equipo para trabajar sobre esa joya que era su casa familiar. Integramos a una compañera, una de las pocas mujeres que cursaban arquitectura, residente en las cercanías, en Vicente López, que se mostró muy interesada al escucharnos describir la casa. Yo tomaba el tren en Retiro y encontraba a Mercedes cuando subía en Vicente López, ya muy próximo a La Lucila donde descendíamos. La primera etapa del ejercicio consistía en el relevamiento completo, planimétrico y a través de una maquette, de la obra escogida. Pese a que existían planos de la casa, elaborados en su momento por el Arq. Haerdtl, decidimos encarar la propuesta seriamente y acometimos la medición sistemática de toda la casa. Trabajábamos con un gran block de papel de dibujo, donde asentábamos las líneas generales de cada sector y anotábamos minuciosamente, a lápiz, las cotas obtenidas. El ser tres en el equipo fue muy propicio para la tarea, ya que dos medíamos y el tercero anotaba. La presencia de Mercedes servía además para mantener el orden, porque no teníamos entonces demasiada confianza con ella y era extremadamente responsable. Luego procedimos a transcribir a dibujo técnico la información obtenida, en el escritorio de la casa, donde mi amigo había instalado una buena mesa de dibujo con tecnígrafo, lo que para mí era un lujo asiático, que antes no los conocía. Primero el dibujo lineal a lápiz, luego su pasado a tinta china sobre papel calco, con los Pelikan Graphos, plumas de dibujo técnico de uso entonces. Finalmente transcribimos todas las cotas obtenidas en el relevamiento, con números hechos a mano como nos habían indicado, parte bastante engorrosa. La tarea nos demandó unas dos semanas de ardua dedicación, y allí comenzamos a realizar el modelo tridimensional, lo que en la jerga de los arquitectos se conoce usualmente como maquette, a escala 1/50, que resultaría en un considerable artefacto dadas las dimensiones de la casa, y que debía incluir todo el sector inmediato de jardín y construcciones accesorias, abarcando en la realidad una área cercana a los 50 x 50 mts., que a escala nos daría una base de 1 metro x 1 metro. Habíamos hecho hacer un soporte de listones y fibra de esas dimensiones y nos pusimos a cortar las piezas de las paredes en madera de balsa. Era verdaderamente entretenido pero al final del día resultaba hastiante. Como todo, en algún momento se finaliza y nos provoca esa enorme satisfacción. Pero aquí comenzaba el misterio en esta historia... Franco pidió a su padre para ver los planos originales y él, que los guardaba en la oficina, nos los trajo al día siguiente. Estábamos emocionados en cotejar nuestro dibujo con los recaudos originales. Grande fue nuestra sorpresa al verificar que las dimensiones, y a veces las proporciones, no coincidían. Era frustrante no poder verificar que nuestro trabajo era correcto, por lo que decidimos realizar distintas medidas nuevamente, y nos daban idénticas a las relevadas. El Ing. Ravelli nos dijo que era común, que un proyecto, en su construcción tuviera variaciones, aunque confesó que era raro que la final de obra tramitada no tuviera observaciones al respecto. El lo atribuyó a una negligencia del Inspector municipal de obras, por no aventurar que el honorable Sr. Caspar pudiera haber incurrido en el otorgamiento de alguna retribución para no recibir observaciones, su conducta era intachable, en un complejo mundo como la intermediación fianciera. De modo que olvidamos el asunto y presentamos el trabajo en la facultad, obteniendo la mejor calificación posible, lo que nos llenó de orgullo. Sequí concurriendo a la casa, para estudiar muchas asignaturas con Franco, y a veces se sumaba nuestra amiga Mercedes, nos habíamos convertido en buenos amigos los tres. Ya al final de la carrera, cuando uno comienza con las nostalgias y recuerdos de los inicios, nos reíamos de aquel primer trabajo juntos. Mercedes sostenía que la casa estaba embrujada y que aquel escritorio era más grande entonces, lo que nos hacía burlarnos despiadadamente de ella. Nos recibimos, en buen tiempo, y como sucede en las grandes ciudades comenzamos a vernos cada vez menos, sobre todo porque ellos vivían tan lejos del centro, donde yo seguí viviendo. Franco, después de casado, fue a residir en el litoral Norte del Uruguay, a hacerse cargo de una constructora que había iniciado actividades en Paraná. Sus hermanos tomaron distintos rumbos y, unos años depués el Ing. vendió la casa y se mudó a un lujoso apartamento en la zona Norte. Supe que había usado nuestro trabajo para regularizar la casa en su estado real de dimensiones. Yo trabajaba en un importante estudio de Arquitectura y también en una cátedra de proyectos de la UBA, me había casado con una psiquiatra de origen oriental como yo y que tb. se había formado en Bs. As., habíamos tenido tres hijos, y llevabamos una vida placentera viviendo en la calle Billinghurst al 1500, en la zona límite entre La Recoleta y Palermo en su parte que no en vano fue llamada Villa Freud por la cantidad de residentes analistas. La facultad funcionaba desde 1960 en unos espantosos galpones, luego de unos pocos años en un viejo asilo hasta que ocurrió un incendio, y en 1966 fuimos instalados en un edificio en construcción, en el nuevo campus costero en Nuñez. Entonces volví a estar próximo a Vicente López, y tuve ganas de pasar por La Lucila que me traía tantos recuerdos. Para ir a la facultad tomaba el tren en la cercana a mi casa Estación Saldías, y descendía en la antigua Estación Nuñez, que me dejaba a un considerable número de cuadras de la facultad, pero era un buen ejercicio. Un día decidí tomar el tren mucho más temprano y seguir hasta La Lucila, recordando mis tiempos de estudio junto a Franco y Mercedes. Al llegar me dirigí sin dilación a la Villa de mi amigo, la que me costó reconocer, tras una vegetación mucho más exhuberante y con su nueva vestimenta y afeites de dudoso gusto. Al nuevo propietario seguramente no le había gustado el austero aspecto externo de la casa, como no gustaba en general a las clases acomodadas, como ya contáramos. He buscado una explicación a ello y creo haberla encontrado en que un lenguaje tan despojado es similar al de las viviendas económicas de la misma época, y además no guarda relación con el gusto de los chalets del american way of life o el estilo californiano, difundidos a través del cine. Este último, además, tenía vínculos con lo colonial hispánico, como también se estilaba en este país, sobretodo en los cascos de estancias, referente importante para las clases altas. Al año siguiente, en vísperas de un ejercicio similar al que reálizaramos en la casa, logré contactarme con los nuevos propietarios, gente de buena posición de claro ascenso social bastante reciente. Logré su permiso para relevar la casa y concurrí con un pequeño equipo de estudiantes, cinco, a efectos de no ser demasiado invasivos. Vista de cerca, y no desde el cercado perimetral, la casa estaba, más irreconocible aún, con sectores revestidos en ladrillo visto, tan en boga en los estilos de los chalet americanos, muchos treillage adosados a las paredes con trepadoras, falsas terracotas de hormigón pintado, en fin una fantasía decorativa que por suerte no afectaba los valores compositivos y tipológicos de la casa. Habíamos solicitado una copia de los planos para cotejar con nuestras mediciones, que debíamos hacer de todas formas para validar el ejercicio como tal. Al ingesar a la misma me sentí extrañado por la proporcionalidad de los ambientes, me parecían más bajos los techos de lo que recordaba, cosa que es común le suceda a los niños, pero yo no había crecido desde entonces. Y al subir a la planta alta me pareció que el recorrido de la escalera era algo menor. Me dirigí rápidamente a aquel escritorio en el que había pasado tantas tardes. Al entrar tuve la sensación de que el espacio era algo menor a lo esperado. Y recordé aquel comentario de Mercedes respecto a sus dimensiones, y esta vez un leve escalofrío recorrió mi espina dorsal. Cuando cotejamos las dimensiones con las de los planos podría decirse que eran entre un 5 y un 10% menores. Expliqué a mis estudiantes lo que una vez nos había dicho el Ing. Ravelli, pero no pronuncié palabra alguna acerca de la regularización de los planos en base a nuestras propias mediciones, ni de las sensaciones de Mercedes... Ni siquiera me atreví a contarle a mi esposa por temor a que pensara que estaba sufriendo una alteración mental y propusiera que me tratara. Lo sucedido trascendía todo tipo de manifestaciones sobrenaturales de las que hubiera tenido mención. Pasé muchos años hurgando en textos de fenómenos ocultos, incluso buscando información acerca de las personas vinculadas a su construcción, lo que me permitió conocer al dedillo sus orígenes y vínculos, pero los hechos eran los hechos, y la casa se achicaba progresivamente desde su materialización inicial... Me ha llevado mucho tiempo liberarme de mi obsesión por la misma, y en días en que me entero que será próximamente demolida, decidí narrar y difundir estos hechos, por si alguien se atreviera a concurrir a verificar su estado hoy. Buenos Aires, 25 de abril de 1987 Andrés P. Engelbrecht Prati Nota del Autor: Las casas vanguardistas de Amorim y Victoria Ocampo son reales, y aún existen, así como la del Dr. Rodríguez Fosalba, de la que desconocemos su supervivencia. La casa del cuento es una invención literaria aunque el Arq. Haerdtl y su cónyuge Carmela Prati fueron notorios en Austria, pero no tuvieron vinculación con el Río de la Plata si bien Carmela era pariente de los artistas Prati de Salto. El Sr. Andreas Engelbrecht y su hijo constructor Francisco Engelbrecht también fueron reales así como su vínculo con Bs. As. (uno de sus descendientes vinculado por matrimonio con una Bruzone Rodríguez Fosalba). Todos los demás personajes, incluído el narrador, son una ficción, y están difusamente inspirados en familias reales, emparentadas con las de Prati y Rodríguez Fosalba.