Cuento seleccionado por Ediciones "Akera" de Colombia para el Volumen titulado "Al margen de las palabras"
El edificio era una torre, de las más altas de Montesexto. Estaba ubicado en una esquina de un prestigioso barrio residencial, de avenidas de altos edificios, bordeadas por altísimos y añosos árboles, con algunas casas casi centenarias de los inicios de la urbanización, sobrevivientes del avance de la edificación en las últimas décadas, de muy variados estilos y de refinada construcción. El estilo de la torre respondía a un expresionismo de aire futurista, digno del film Metrópolis. Muchos balcones curvos animaban la fachada en sus muchos niveles, con barandas relucientes de pulido metal, que lo convertían en una atracción para los vecinos y el turismo cultural, admirador de la arquitectura de esa próspera ciudad del Atlántico Sur, sobre todo con la de esa época, de la que había destacados ejemplos de las múltiples vertientes. Sobresalían el expresionismo de sus distintas escuelas, el art decó, y algunos ejemplos del más puro funcionalismo... En su interior tenía el característico lujo del período, con pulidos mármoles y detalles cromados que se reflejaban en los grandes espejos a lo largo de los pasillos. Los ascensores, también suntuosos, tenían puertas enfrentadas en su interior, una que abría en todas las paradas y daba a los halls hexagonales de los distintos pisos que tenían muchas entradas., la otra, abría solo en los pisos más altos, dando paso a otros pequeños halls donde se ubicaban los departamentos más lujosos. Esos estaban sobre los sectores de oficinas que tenían sus propios elevadores. Sólo en algunos de los últimos pisos esas puertas no se abrían, ya que el espacio detrás de ellas estaba ocupado por espacios destinados a otros fines, relacionados con antiguos equipos de distribución de la calefacción y refrigeración según decían los administradores, pero que estaban en desuso hacía décadas ya sustituídos por otros sistemas. Decían que era como entrar a las entrañas de un buque, lleno de caños de diferentes secciones que se doblaban en múltiples recorridos. Hacía algunos pocos años, en una tranquila primavera, los habitantes de los últimos pisos comenzaron a sentir ruidos inexplicables muy temprano en las mañanas, y al demandar por su origen a la administración, quienes explicaron que era motivado por purgas efectuadas en las cañerias de todo el sistema, para su retiro definitivo, las que estaban a cargo de un contratista de origen húngaro, el Sr. Ferenc Maróczy. Los pocos que alguna vez se cruzaron con él ya que normalmente ascendía, junto a su equipo, por la escalera que continuaba desde el sector de oficinas, intentaron entablar conversación, pero su castellano era muy limitado y con un acento terrible, de manera que se limitaron en adelante a saludarlo, lo que él respondía con una simple inclinación de cabeza y el esbozo de una enigmática sonrisa. Las molestias duraron unas semanas y el Sr. Maroczy dejó de ser visto por un tiempo... Hasta que una mañana del otoño siguiente, un gran camión se detuvo del lado de la entrada de oficinas, en la fachada Norte, y comenzaron a subir muebles con aparejos por el exterior. Eran grandes muebles de estilo, seguramente de origen europeo, incluso un piano de cola, y muchos bultos que parecían esculturas, cuidadosamente embalados. Los mismos eran izados hasta donde se perdía la vista sobre la copa de los árboles. Todos pensaron que habría comprado alguno de los departamentos altos del lado norte, pero nadie tenía conocimiento de una reciente venta y mudanza allí. Se sorprendieron quienes compartieron el ascensor con él por primera vez, llevando unas valijas de cuero natural con guarniciones de pulido bronce, con unas elegantes letras F.L. repujadas y doradas, y lo vieron bajar en aquel piso 23 del lado antes inaccesible, abriendo la puerta del ascensor con su llave... Intentaban hablarle para saludarlo a modo de bienvenida y él solo hacía su habitual gesto con la cabeza, y a veces extendía la mano a los caballeros. Debajo del intercomunicador de la entrada colocaron una pequeña anexión con un botón y placa semejante a las otras, que rezaba, Apto. 2307, nro. antes inexistente. El Administrador no podía explicar cuando ni como podían haberse realizado obras que tornaran habitable los espacios de los pisos 23 y 24 pero habían recibido documentos que habilitaban al nuevo vecino a vivir allí, el área estimada del nuevo apartamento y el monto de las expensas que le correspondía según el nuevo prorrateo. Cómo era un individuo muy discreto nadie se preocupó por el hecho, máxime cuando los gastos bajaron para todos, aunque no fuera en demasía. Rara vez se lo veía en la calle, caminando por el malecón de Montesexto. Tenía un aspecto muy elegante, con el cabello algo largo para un hombre maduro según los usos de la sociedad local, aunque su edad era bastante indefinible. Muchas veces lo acompañaba su gato, un típico europeo de pelaje aborregado gris, bastante arisco, que el llamaba algo así como Salem... Cuando con él estaba no subía al ascensor si estaba ocupado, lo que interpretaban como una señal de respeto. Luego de su llegada a veces se oía el piano, pero pareciendo venir de muy lejos, sonando obras de Liszt como no podía ser de otra forma, aunque también composiciones de Schubert y Beethoven. Parecía ser un gran ejecutante, aunque no era claramente audible el sonido. En alguno de aquellos escasos momentos en que alguien había logrado acorralarlo y sacarle algunas palabras, le habían preguntado si era familiar del célebre ajedrecista de igual apellido, a lo que él contestó que no, y contó vagamente que que su familia había estado relacionada con la música, sin dar mayores detalles. Cuando sucedían esos escasos diálogos con sus vecinos comentaban que tenía una increíble habilidad para cortar la conversación y casi que desaparecer antes de uno de darse cuenta. Nadie entraba a su departamento excepto un sra., de origen húngaro como él, que se presentaba como Franci. Parecía haber sido atractiva en su juventud, y tenía refinados modales, aunque era quien mantenía el orden en la casa y seguramente cocinaba, ya que luego de sus visitas el dulce aroma de la paprika se colaba impertinentemente hasta el ascensor. Un día, un niño del edificio había perdido su pequeña nave teledirigida, la que había caído aparentemente en uno de sus balcones y había llamado desde el intercomunicador, dado que el hall desde el ascensor era inaccesible, para solicitar recuperarla, y la Sra. Franci le había indicado que subiera. Una vez allí cuando bajó del ascensor Franci le entregó su artefacto con una sonrisa. Estaba la puerta entreabierta, y con esa capacidad de los niños para el espionaje registró muchos detalles de lo que vió por solo unos segundos. Se despidieron y el niño corrió a contar en su casa detalles de su incursión... Dijo que se veía un gran espacio, ambientado con lo que sus padres interpretaron eran paredes empapeladas y lujosos cortinados de terciopelo marrón, y un enorme piano en el ángulo que se veía desde su posición. Luego de eso los mismos habían intentado acceder a ser recibidos para agradecerle, siendo siempre rechazados con evasivas por Franci. Cuando ella no estaba nadie atendía el intercomunicador. Con el tiempo el vecindario se acostumbró al hermetismo del húngaro y dejaron de ocuparse del mismo. Unos años después, en una tarde fresca, cuando la virazón hace las delicias de los veranos de Montesexto, se sintió el chirrido del frenar de un camión, y ese sonido sordo y terrible del impacto de un vehículo contra un cuerpo. Cuando salieron a la calle los porteros de los edificios vieron que, en medio de la calzada, yacía el cuerpo del Sr. Maróczy. Parecía una figura de cera, perfecta e impoluta, no se veían heridas, o al menos no se veía sangre. Un médico de la cuadra pudo constatar que no presentaba signos vitales ya que tomó su pulso y lo auscultó. Llamaron a una ambulancia que levantó el cuerpo y se lo llevó, mientras la policía trabajaba en relación al accidente... Como no tenían ningún contacto relacionado con él, a alguien se le ocurrió avisar al Consulado de Hungría, en conocimiento de su nacionalidad, dando el nombre de la víctima. Los amantes de los animales pensaban en el destino del pobre Salem probablemente encerrado en el departamento, ya que nadie lo vió en el entorno, con la esperanza que Franci llegara en algún momento ese día o al siguiente.. Pero nadie apareció, por lo que instaron a la Administración a tomar medidas para poder entrar al departamento. Averiguaron en el Consulado y supieron que no habían identificado a ningún residente húngaro de ese apellido en Orientalia. También preguntaron en la policía, donde seguramente se había registrado el accidente y supieron que en la morgue se guardaba el cuerpo esperando que alguien lo reclamara. Se hizo un trámite judicial para ingresar al departamento y entonces concurrió la policía que debió violar la cerradura del ascensor y derribar la puerta de ingreso. Enorme fue la sorpresa al encontrar un espacio lleno de tuberías retorcidas y sucias, sin el menor vestigio de una presencia humana ni animal. Pero en un escondido rincón un investigador percibió un brillo y al acercarse pudo ver un pequeño collar, con dos medallas pendientes, en una estaba grabado ”Szellem”, y la otra tenía el grabado de un hombre con una lira, montado en un delfín, rodeado de la inscripción: ALLG. DEUTSCH. MUSIKVEREIN. Entregadas en el Consulado, el inspector pudo enterarse que la frase significaba Allgemeiner Deutscher Musikverein, cuyo significado es el de Asociación General Alemana de Música, que fuera una institución fundada por Franz Liszt y un tal Brendel en 1861, y que Szellem, verdadero nombre del arisco “Salem”, para los vecinos, significaba fantasma. También pudo enterarse que Ferenc en húngaro es Francisco... Años después, de visita en Budapest, se deleitó visitando el departamento museo del gran Franz Liszt, con su magnífico ambiente empapelado de verde y su cortinados de terciopelo marrón, enmarcando una colección de pianos del artista, el principal de los cuales está en un rincón junto a su retrato, frente a un ventanal. En algunos retratos aparece junto a su también célebre hija Cosima, esposa de Wagner, verdaderamente Francisca Gaetana Cosima, cariñosamente llamada Franci por sus padres. Edmundo Rodríguez Prati
abril de 2019
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